Japón: Kyoto

Kyoto es esa ciudad que toda la gente que viene a Japón sabe que tiene que visitar (bueno, claro, junto con Tokyo), y que todo el mundo recomienda. Así que mis expectativas estaban como poco, por las nubes. Viene siendo un compendio de cientos de templos, shrines y jardines de lo más variado, y para visitarlo se tiende a dividir la ciudad en “zonas” para minimizar los desplazamientos. Tuve que ponerme a estudiar y usar el cerebro por primera vez en 3 meses…

El hostel en el que estaba, tras una no muy grata primera impresión al llegar  a una habitación compartida de 10 personas donde solo uno podíamos ponernos de pie ala vez, me acabo conquistando con su política de café, te, y sopa de miso gratis. Por lo demás, estaba situado en una zona residencial sin mucha vida, aunque se agradecía tener un súper alado. Ah, y tenía horario de cierre de puertas de 1 a 5, así que si salías de noche tenías que ir a muerte, ¡todo o nada! Y aún no he comentado nada acerca de los increíbles avances tecnológicos que por fin he podido apreciar, esto sí que es lo que esperaba de Japón, mi viaje está completo.

En la zona este, me gustó mucho el templo de plata, un templo zen que como llegué muy pronto tuve para mi solito sin hordas de turistas tomando la misma foto, y siendo así al menos un pelín zen. También recorrí el camino del filósofo, un camino de piedras alrededor de un canal que descubrí por casualidad al salir de ese templo, y que luego me enteré que era archiconocido.

Que mas que más,… El palacio real fue una grata (y gratuita!) sorpresa, bastante chulo y en el medio de un parque muy grande donde pude aprovechar a comer con algún que otro cerezo en flor.

Por último acabé este día en los barrios de las geishas Gion y Pontocho, más algunas de las calles más tradicionales (que estaban abarrotadas de chicas llevando kimonos, me sentía como un paparazzi) y en el templo Kiyomizu, que tenía toda la pinta de ser muy disfrutable pero de tanta gente que había no terminé de degustarlo.

El segundo día me hice la zona centro-oeste, empezando por el templo de oro, otro sitio zen donde esta vez los autobuses de turistas me ganaron la partida. Aquí, el destino me tenía preparada una de las suyas cuando veo que se me acercan dos chicas y una de ellas me dice “nos vimos en Koh Rong Samloem”… Mi cerebro se puso a currar al 110% por segunda vez en dos días, pero no la daba localizado. Mientras yo hacia mi intrincado análisis, me añade que no solo eso, sino que fuimos juntos en el maravilloso trayecto de Camboya a Laos al que dediqué un post. Pero no, esto no era suficiente y  y me cuenta que en Kampot también me vio hablando  con una chica española (que era Eva, la alemana que hablaba español mejor que yo). Astas alturas ya pensaba que había alguna cámara oculta, pero luego comenzó a explicarme y es que no habíamos hablado, en la isla coincidimos sentados en el ferry y ella iba con otra chica y no parecían muy parlanchina, y en el trayecto de la frontera iba con otro grupo de canadienses. Así todo cogía algo más de sentido, y al final para celebrar que por fin habíamos hablado quedamos ellas y yo estos días para cenar algo.

Tras el templo de oro, me visité algún que otro templo menor + jardines sin demasiada motivación (ya estaba alcanzando el nivel de saturación templil).

Finalizé con un combo del castillo Nijo (que me gustó bastante, ya que gran parte del recorrido era interior, pudiendo ver las habitaciones tradicionales de los japos y como hacían dibujos de Tigres, halcones,… en las puertas de papel según la importancia de la sala o sus ocupantes) más un estupendo crep que sino fue lo mejor del día estuvo cerca.

El tercer día tocaba cambiar un poco de tercio, y terminó siendo el día que más me gustó. Empezé con Sanjusangendo, que es un templo (si, otro, pero ahora viene lo bueno) cuyo interior almacena 1001 estatuas (1 grande en el medio y 500 pa’ cada lado) de Kannon (una especie de super-buda con sus 42 brazos y 11 cabezas). Aparte hay otras 28 estatuas de deidades guardianas que sirven a Kannon, y cuanto más leía sobre ellas más claro tenía que en el reparto de religiones nos tocó la más sosa: dios del rayo, del viento, del trueno, el grupo de los 8 dragones místicos, la unión de los 13 luchadores divinos del oeste, etc. Solo eché de menos a  Son Goku y las fuerzas especiales de Freezer. Y es que así no me extraña que en Japón sean tan originales/flipados con sus mangas y animes, ¡solo tienen que hacer copy & paste de la religión!

Tras la lección de historia, me fui a Fushimi Inari, que es una montaña con un recorrido donde vas andando atravesando una sucesión de miles y miles de Tori (que son esas puertas rojas que se ven por todos lados). Se tarda alrededor de dos horas y por el camino te vas encontrando algún altar y/o cementerio que lo hacen todavía más interesante. Aunque al principio estaba petado de gente, por suerte son muy vagos y a medida que subías encontrabas menos y menos turistas.

Cambio de tercio de nuevo y me fui a un barrio en las afueras llamado Arashiyama, que tiene muchos atractivos pero como iba justo de tiempo me fui directo a un bosque de bambú que era lo más famoso y aunq me habían avisado que no era pa tanto, al ir con expectativas no muy altas me pareció bonito y distinto.

El día lo culminé iendo a un templo que ya visitará pero que el 25 de cada mes hacen un festival de antigüedades. Cuando llegué ya era pelín tarde y estaban cerrando los chiringuitos, pero me pareció escuchar algo de música dentro del propio templo y la agradable sorpresa que me esperaba fue encontrarme un “concierto” tradicional con tambores que me encantó. Como plus estaba también todo el templo iluminado así que terminó siendo una gran idea.

El cuarto y último día no estaba yo para muchos trotes y el día estaba lluvioso, así que aproveche para deambular un poco sin rumbo y descansar. Al día siguiente alas 6 AM pondría rumbo a… ¡Hiroshima!

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